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Crítica de Hamlet de Javier
Ventajas y molestias de suicidarse
11.02.2008Venga ya: alguien que sale con que si es más noble que el alma sufra los golpes y las flechas de la atroz fortuna o que alce armas contra un mar de cuitas y bla, bla, bla, no cuestiona seriamente dedicarse a engordar lombrices. Son las mismas preguntas inofensivas que nos hacemos todos tras cagarla en la primera cita o en la séptima convocatoria. A morirse le falta trascendencia, lo hace un montón de gente todos los días (vale, una sola vez cada uno) y darle tanto revuelo destapa su ridiculez.
“Lo demás es silencio”, dice Hamlet al diñarla al final de la obra. Ah, el mito de las últimas palabras. Quien tiene tiempo para hablar mientras la espicha se confiesa, balbucea incoherencias o invoca a su mamá: no elige frases para la posteridad. Menos aún el que muere estoqueado de repente. Decía Borges que el final de Don Quijote (“dio su vida, quiero decir que se murió”) es más torpe y peor escrito, pero más emocionante. Cervantes ama tanto a su criatura que cuando la mata no está para florituras. Eso de “lo demás es silencio” es propio del repelente niño Vicente, quien lo ha debido ensayar en clase una y otra vez, relamiéndose goloso, distribuyendo los muebles, y para no desperdiciar tantos preparativos elige voluntario una muerte principesca, con clase y vestida para la ocasión.
La muerte mola. Nos seduce con la estrategia de los anuncios de lavavajillas: pruébelo y nunca se arrepentirá. Mejor aún, el lavavajillas puede dejarte insatisfecho, pero no la muerte. Supera la prueba del algodón. Una vez y no hay que elegir más. Ni aparcar, ni lavar calcetines, ni padecer estreñimiento ni pagar hipotecas. Los predicadores de la vida eterna no entienden los beneficios de la inexistencia, como por ejemplo no soportar más a los predicadores de la vida eterna. Un muerto bien muerto no echa de menos el miedo a morirse. ¿No es suficiente argumento a su favor?
Por otra parte, algo de razón lleva el hombre: morir, dormir... tal vez soñar. ¿Y si al difunto no se le acabaran las preocupaciones? Ha visto al espíritu de su padre recorrer Elsinor exigiéndole venganza. Si decide afeitarse en seco, ¿a quién pedirá Hamlet que le vengue de quién? ¿Y descansaría después (al suicida le hurtan hasta la fosa en el camposanto)? Desde el más allá podría pasarle el encarguito a su amigo Horacio. Honra a mi padre y hónrame a mí, le diría, cepíllate a la traidora pareja real. Pero quiere demasiado a su amigo como para cargarle el muerto. Y para cuando termine la historia ya habrá unos cuantos, ánimas en pena recorriendo los pasillos y acojonando a los guardias.
Hamlet no se suicida. Como mucho, podemos admitir que ha permitido que “lo suicide” otro. Hay gente con motivos y redaños para pegar el gran salto, pero él está hecho de otra pasta: de la pasta de los cobardes, de los que dudan, de la mía y quizá de la tuya.
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Carmen Linares
